28 oct. 2009

Aquí los autos, Aya los sapos.

Hace unos dias al regresar del trabajo, entre el transcurso del metro y la casa, algunas gotas de lluvia todavía caían sobre la gran ciudad, ya había oscurecido y la luna asomaba su cabeza.

Después de la tormenta el olor a asfalto mojado y a drenaje impregnaba el ambiente. Algunos charcos de agua florecian sobre la banqueta y esto impedían el paso de los peatones. Autos veloces y furiosos salpicaban las estancadas aguas de las avenidas. Las bajadas de agua de las azoteas caían sobre la acera. Se tenía que tener cuidado de no ser salpicado por todas estas gotas perdidas o  simplemente evitar mojar los zapatos por las aguas detenidas. Y principalmente cuidarse de los ladrones o de ser atropellado.

Todo esto causa nostalgia pues en esta gran ciudad la lluvia es vista como un problema mas que como una bendición, pues causa inundaciones, cortos de luz, satura los metros, caos vial, la gente enferma etc., etc., etc. Pero el problema no es el factor lluvia, si no el factor humano.

Fue inevitable recordar, con toda aquella ambientación, la colonia en que anteriormente habitaba. La colonia que deje por conseguir el pan de cada día.

Se llama Santa Rosa y pertenece al Municipio de Atenco en el Edo. De México.
Cuando en este sitio llueve, todo huele a tierra mojada, los pájaros se posan en algún árbol para disfrutar del agua, las personas observan la lluvia desde sus casas, los sembradíos alimentan su sed insaciable.
En este poblado resurge un espíritu de la lluvia, el que proviene de la tierra y ha estado enterrado ahí por días y meses. Con sus cantos nocturnos nos recuerda su existencia marchita. Sus cantos claman por la supervivencia de un imperio en decadencia. Son las semillas de la fecundación del agua sobre la tierra.

Son los sapos, unos animalillos parecidos a las ranas pero en versión pirata, físicamente son muy feos y a la mayoría de mujeres les causa repugnancia.

En mi niñez, un día mis primos y yo atrapamos muchos de ellos, algunos eran tan grandes que apenas y cabían en nuestras manos, entonces los metimos en unos botes, la razón por lo que lo hicimos no lo recuerdo. Al día siguiente todos habían amanecido congelados por el frío de la madrugada. Mis primos y yo sorprendidos los vaciamos en el pasto y de manera a un más sorprendente, vimos que después de un rato de que el sol tocara sus arrugados cuerpos empezaron a moverse y a saltar hasta desaparecer de nuestra vista.

También, una vez observe como mi padre por error pasaba con la rueda del auto por encima de uno, el sapo quedo aplastado, pero después de un tiempo recobraba su forma y empezaba a saltar como si nada hubiese ocurrido. Esto ocurrió gracias a que fue aplastado sobre la tierra, pero algunos corren con la mala fortuna de ser aplastados sobre terrenos más duros como el cemento o una piedra, y zas ocurre lo inevitable, tripas y todos órganos que los conforman salen del interior de su cuerpo y se esparcen en todas direcciones. Por eso les recomiendo que si alguna de estas criaturas se meten en sus casas será mas fácil sacarlos que matarlos.

Pero hoy en día la urbanidad esta llegando ala colonia, las calles se pavimentan o se extiende cascajo sobre las calles, los terrenos baldíos son sustituidos por casas, esto ha propiciado que ya no haya tantos como antes y año con año sus voces se van haciendo mas silenciosas.

Todavía se puede hacer mención de que, aquí en la cuidad los autos, aya en la colonia los sapos. Pero hasta cuanto tiempo más.


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